El masajista

Facebooktwittergoogle_plusredditpinterestlinkedintumblrmail

new-york-hd-wallpaper
John Nat era conocido con el apodo de masajista. Ofrecía un aspecto pulcro, acentuado por su calvicie irreversible. Estuvo enfermo años atrás, necesitó la quimioterapia durante meses. Después del tratamiento, su pelo se negó a crecer de nuevo. Desde entonces, dedicó todo el tiempo posible al gimnasio. Casi siempre iba en chándal, con una toalla al cuello. La usaba para quitar el sudor de su cabeza. Su primer trabajo fue el que le otorgó aquel apodo. No le gustaba en absoluto.
Había estrangulado a aquel tipo con sus fuertes brazos. Lo hizo delante de sus compañeros, incluido Gazzi. Su antiguo jefe pronunciaba el mote con cierto aire de burla. Consideraba aquel asesinato bastante chapucero. Le obligaba a recordad que no había orgullo en lo que hacía, si lo realizaba mal. Dos décadas habían pasado desde aquello. El tiempo lo había mejorado, como al vino. Había conseguido entrar en el índice de Marshall. Estar en aquella lista significaba ser de los mejores profesionales en activo. Podía aspirar a ser el mejor aunque esa posibilidad era imposible. Por encima de Chacal, Mahon o Grudeiev, estaba el señor Camus. Su antiguo maestro le enseñó lo necesario después de aquel primer trabajo tan chapucero. Su segundo trabajo fue Gazzi. Lo hizo por un dólar, ofrecido por una de las niñas del barrio. Habían matado a su padre porque dejó el coche delante del club del italiano. El resultado fue muy profesional. Encontraron el cuerpo de Gazzi en su garaje, sin marcas de violencia. Había respirado el humo del tubo de escape durante toda la noche. La policía investigó poco, pensaron que fue un descuido del italiano. Había llegado borracho, se durmió al volante con el coche encendido y la puerta del garaje cerrada. Trágico fin para uno de los cabecillas de Brooklyn. John jamás reveló su implicación. Después de que Gazzi muriera, Mancino se hizo cargo del masajista. Lo usó para limpiar los restos de influencia que Gazzi conservaba en las calles. Había trabajado desde entonces hasta ascender en su trabajo.
Mancino le había convocado en el Blues Moon, el mejor local de streap-tease en la ciudad. Aquel día estaba lleno. Había una cena de empresa que había culminado en aquel lugar. Más de doscientos oficinistas llenaban los tangas de las bailarinas con billetes de cinco dólares. Mancino esperaba en su reservado, lo había hecho llamar en cuanto se acomodó en su mesa. Estaba con Tony Medio Paso y el negro Grill-Johnson, sus hombres de confianza.
–Siéntate, masajista. Tenemos cosas de las que hablar.
–No me lo digas, se ha adelantado la navidad.
–Muy gracioso. Están cayendo jefes como moscas, no sé si estás al corriente.
–Algo he oído.
–Estaré encantado de escuchar qué información te ha llegado. Prefiero que no me pase lo mismo.
–Se trata de algo personal. Una persona buscando venganza. Hablan de un lobo solitario.
–El peor. Te ha enseñado ese lobo, masajista –el jefe le entregó un sobre con la foto de su antiguo maestro. Había envejecido, era una imagen actual. No había cambiado aquel sombrero desde que lo conociera por primera vez. También había veinte de los grandes –. Camus está trabajando. Se ha envuelto de un halo vengativo y quiero que intervengas.
–Matar a quien me enseñó a matar. ¿Sabe que hay un código en todo esto, señor Mancino?
–¿Qué código? Tú no has seguido un código en tu vida. Solo quiero que lo mates. Te pago por ello, ese es tu código.
–Mi traición cuesta cincuenta mil.
–Ah, tratas de regatear. Por eso te has inventado esa mierda del código. Te ofrezco diez más cuando termines el trabajo.
–Cuarenta mil. Y el diez por ciento más de las ganancias de este sitio.
–Está bien. Considera lo que hay en el sobre un anticipo. Te daré los otros veinte al finalizar el trabajo. Lo tienes fácil. Ha sido tu maestro… lo saludas, haces ver que te interesas por su vida y le das pasaporte. Rápido y fácil.
–¿Y cómo se supone que voy a encontrarlo?
–Está aquí, en Nueva York. Nueva Jersey, mejor dicho; Hoboken. Detrás de la avenida Willow, no sé qué calle exactamente. Tendrás que averiguarlo.
–¿Voy a tener alguna clase de ayuda o estoy por mi cuenta?
–Tony Medio Paso te acercará a Hoboken –el aludido saludó con dos dedos sobre la frente –Una vez sobre el terreno, estás por tu cuenta.
–Mañana ya no será un problema, señor Mancino.
–Sé que eres un buen profesional, por esa razón te ofrezco este trabajo. No tengas un ataque de nostalgia. Si te arrepientes en el último momento, serás mi nuevo objetivo.
–Eso que insinúa, señor Mancino, no ocurrirá.
Tony Medio Paso abría camino a base de empujones contra aquellos oficinistas de trajes baratos, más atentos a las tetas de las bailarinas. John Nat lo seguía en corto hasta el coche.
–Tendrás que parar en mi casa. Tengo que recoger el material.
–Eso no será problema –dijo Tony al volante del Ford Declive. Sacó su propia arma de la sobaquera y se la tendió al masajista. Era un nueve milímetros habitual.
–¿Tanta prisa tiene Mancino?
–Es por el señor Camus. Se mueve rápido y de forma imprevisible. Sabemos dónde está hoy. Mañana será tarde.
–Eso no significa que lo encontremos.
–Pero acudirá a la panadería de Carlo en algún momento de la mañana. Ha quedado con él.
–Genial, tendremos que hacer guardia cuatro horas hasta que abran.
–Tal vez algo más.
El coche fue directo al barrio de Jersey por el túnel de Lincoln. La noche se adentraba ya en la madrugada. En cuanto llegaron a la zona, Tony dejó el coche cerca de la pequeña tienda. Había sufrido un proceso de modernización, como si fuera un escaparate de moda. Varios modelos distintos de panes se ofrecían en orden detrás del cristal. Había de tantas clases que John sintió un agujero en el estómago. Tony sacó su cartera. De su interior, extrajo su tarjeta de crédito y una pequeña bolsa de plástico llena de cocaína.
–Es para mantenerme despierto. ¿Quieres?
El masajista aceptó el canutillo que había preparado Tony con un billete de dólar. Aspiró la raya con rapidez y se fijó en la entrada del pequeño establecimiento. Bajó del vehículo. Necesitaba sondear el terreno. Comprobó que la pequeña panadería disponía de una entrada por el callejón de atrás. Las tres y media de la madrugada no detenía la actividad de la ciudad. La gente paseaba por la calle como si fuera medio día. El arma que le habían dado no llevaba silenciador. Al primer disparo tendría a la policía encima en menos de cinco minutos. Era una misión complicada. Se le ocurrió ocupar el lugar del panadero hasta que apareciera su objetivo. Mientras ideaba una emboscada a Carlo, sintió unos toques en el hombro. La mujer rubia se encaró a él con un cigarro en los labios. Por el aspecto, parecía una prostituta.
–¿Qué quieres?
–¿Tienes fuego, hombretón?
–No.
–¿Te interesa un trabajo rápido? Te costaría quince dólares, nada más.
–No estoy interesado.
–¿Qué haces por aquí? ¿No quieres una mamada, en serio? –La chica rubia jugueteó con un mechón de su pelo.
–Vete, estás molestando.
–Vale, majo. Ya me voy. Ni que fueras el presidente…
John siguió inspeccionando la zona. No había buena cobertura, lo mejor era un disparo con silenciador cuerpo a cuerpo y salir de allí quemando rueda. Necesitarían un vehículo al que dar pasaporte. Tal vez el que conducía Tony fuera apropiado. Volvió al vehículo contando los metros que le separaban de la entrada. Se acomodó en el asiento del copiloto.
–Espero que este coche sea prescindible, tendremos que deshacernos de él. Por cierto, necesito un silenciador, ¿no tendrás uno, por casualidad? No es del todo necesario pero nos ayudará a pasar desapercibidos.
Tony estaba silencioso. John le dio un codazo y el peso enorme de su compañero cayó sobre él. Aquello era el cadáver de Tony. A continuación notó el frío tacto de un cañón magnum en la cabeza. Tras él, un hombre joven de aspecto delgado lo apuntaba sin que le temblara el pulso. Su cara estaba deformada por una media.
–Podría dejarte seco, como a tu amigo. Lamentablemente, él quiere hablar contigo.
–¿Quién?
–El señor Camus. Sal del coche.
En cuanto John abrió la puerta, un segundo coche estacionó junto a él. La prostituta que había visto estaba al volante. Del asiento trasero salieron dos nativos americanos. Los reconoció al instante. Le introdujeron a la fuerza dentro del segundo coche. El hombre que le apuntaba con el arma, subió al asiento del copiloto. Le pusieron un saco en la cabeza. Estuvo en silencio durante veinte minutos. Sintió que el coche estacionaba. Estaban en el garaje de un centro comercial. Lo metieron en el ascensor, caminó cinco minutos y fue sentado a la fuerza. En cuanto su culo tocó la silla, Sombra de Mapache le quitó el saco de la cabeza. Frente a John estaba el señor Camus con el sombrero con el que lo conoció. Estaba en un almacén. Por el olor a café, se imaginó un Starbucks.
–John Nat, más conocido como el masajista. Cuánto tiempo sin verte.
–El tiempo pasa sin que te des cuenta.
–Es una suerte que mis chicos te hayan encontrado. Me he figurado que querías verme.
–Así es, me dijeron que te habían visto por la ciudad. Quería saludarte.
–Siempre tan amable, masajista, aunque no te creo. Zorro Aullador es un genio de la electrónica. Sabemos quién te ha enviado.
–Ha sido Mancino, de Brooklyn –dijo Michelle –Tenemos su teléfono pinchado.
–¿Ahora usas a prostitutas, Camus?
–Michelle no es una prostituta. Es una profesional como tú. Muestra un poco de respeto, tu vida está en sus manos.
–¿Qué quieres de mí?
–Que mates a Mancino. Hazlo como una contraoferta. ¿Cuánto te ha ofrecido?
–Cuarenta mil. –El señor Camus se echó a reír.
–Eso se paga por un asesinato chapucero. ¿No te sentiste ofendido?
–Siempre me paga menos.
–El precio va en relación al objetivo. Yo valgo, como poco, doscientos mil. Deberías saberlo. Es lo que estoy dispuesto a pagar por tu jefe.
–No puedo matar a Mancino, es el que me da trabajo en la ciudad. Estoy jodido sin su protección.
–¿Es por lo que hiciste con Gazzi? ¿Nadie te ha contratado desde entonces?
–Nadie. Solo Mancino.
–Yo te ofrezco un trabajo. Serás parte de mi grupo.
–Es desleal.
–¿Prefieres rechazar mi oferta? –el masajista estuvo pensando unos segundos. Valoraba sus opciones, estaba jodido en cualquier situación. De quedarse con Camus, sería visto como un traidor. Sabía que los traidores atraían las balas por la espalda. Si regresaba y asesinaba a Mancino, nadie le contrataría de nuevo. Se había ganado la reputación él solo. Aquel era el final de su trayecto.
–La rechazo. No puedo ser un traidor. Lo siento, señor Camus. Tanto si sale bien como si sale mal, yo estaré muerto.
El señor Camus asintió con expresión grave. Hizo una seña al hombre detrás del masajista. Harry accionó el gatillo de su magnum. La cabeza estalló en pedazos. El cuerpo se desplomó en el suelo, aislado por un grueso plastico. Sombra de Mapache y Zorro Aullador comenzaron a envolver el cuerpo en el aislante extendido. Harry esperó órdenes del señor Camus.
–No siempre podemos tener lo que queremos, ¿verdad? –Harry asintió –Tendremos que llegar a Mancino de otro modo. Es una lástima, me hubiera gustado contar con él.
Los nativos Cherokee terminaron de envolver el cadáver en cinco minutos. En cuanto finalizaron, el grupo desapareció de allí sin dejar muestras de haber estado nunca. Al día siguiente, Mancino había perdido a dos hombres. Por aquella razón, creó un ejército.

 

Facebook
Califica este relato

Publicado por

Naranja Samuran

Naranja Samuran

Investigador de lo paranormal y escritor pulp, ha publicado la novela "En Fase" bajo el nombre de Samuel Pérez Mombiedro, su identidad de esclavo. Actualmente, Naranja Samuran está preocupado por dar a conocer su trabajo con el fin de liberar las mentes esclavas que han sido muy bien adoctrinadas por el sistema.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *